Recortar no es reformar

Después de dos meses de idas y venidas a pueblos y ciudades, pasando por Madrid, con asuntos de la asociación y de relaciones con la clase política y allegados, la lectura del artículo de Juan M. Blanco en Voz Populi ha sido de lo más oportuna.

Reproduzco algunos párrafos:

Aunque los recortes resulten imprescindibles para reducir el gigantesco déficit, constituyen solamente una primera cura para la grave enfermedad. Una medida de corto plazo que debe ir acompañada inmediatamente de profundas reformas, capaces de erradicar las causas generadoras del despilfarro y de transformar radicalmente el sistema económico, abriendo las puestas a un crecimiento sostenido. 
Desgraciadamente, el gobierno parece poco dispuesto a acometer verdaderas reformas creyendo quizá que, con un certero manejo de la tijera, buena voluntad de nuestros socios y una recuperación de la economía internacional, la situación puede estabilizarse e, incluso, mejorar. Y podrán atribuirse los esperados éxitos al sacrificio realizado. Pero este enfoque se encuentra un tanto alejado de la realidad: aunque se intente confundir, recortar no es reformar.Mientras el recorte es una medida excepcional, reversible en el futuro, que puede solucionar una eventualidad de corto plazo, la reforma se dirige a resolver de manera permanente aquellos problemas que venimos arrastrando desde el pasado.

Reformar es transformar las instituciones para que funcionen con mayor rigor e imparcialidad. Cambiar las reglas del juego por otras más justas, garantizando que todos los agentes se atendrán a ellas. Eliminar las barreras que sostienen privilegios, impidiendo la participación de muchos y la libre competencia. Abrir las instituciones para poner límites al monopolio del poder, a la connivencia entre políticos y conocidos “empresarios”, al reparto inconfesable de rentas o al intercambio de favores. Es sencillo concluir que estos cambios no sólo afectan al sector privado sino también a las normas impuestas a los gobernantes: reforma económica y reforma política son, inevitablemente, dos caras de la misma moneda. Y constituyen la única salida para evitar el definitivo hundimiento de nuestro carcomido sistema.
No en vano, las reformas tienden a eliminar privilegios de la clase política y de sus amigos. Los recortes, por el contrario, pueden concentrarse en las partidas que menos perjudican a las oligarquías partidistas, aunque dañen a amplias capas de la población. Aquellos conceptos presupuestarios que alimentan las redes clientelares, que nutren los mecanismos de intercambio de favores o que engordan los aparatos de propaganda, son los que menos probabilidad tienen de sufrir reducciones.
En definitiva, acometer las reformas requiere claridad de ideas, convicción, valentía, generosidad, sentido del deber y grandes dosis de visión de futuro. Para recortar y subir los impuestos, basta con llamarse Cristóbal Montoro.

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